A veces sueño con una Argentina pujante, con gobiernos democráticos que no se autotitulen fundacionales, con un pueblo unido en objetivos comunes, sin grietas. Con instituciones fuertes, con una moneda sana que sea aceptada en el mundo, y con una sociedad basada en el trabajo y en el estudio; con jóvenes dispuestos a mejorar el país y no abandonarlo. Que se respete al individuo y que la única dictadura posible sea la de la Constitución y sus leyes; que vuelva a ser oída y respetada en el concierto mundial de las naciones.
El que escribe esta nota está transitando ya la novena década de su vida y lo que avizora como futuro, es volver a un pasado que hoy se muestra lejano. Regresar a aquel país que transitó en su niñez y su juventud. Una tierra de oportunidades, como fue para una gran mayoría de nuestros ancestros.
En las primeras décadas del Siglo XX, la economía argentina era una economía de avanzada, por detrás de las economías inglesas (Estados Unidos, Reino Unido y Australia) pero por delante de economías europeas como la italiana, la francesa y la alemana. Argentina se posicionaba entre los primeros, era poderosa y despertaba admiración en el planeta.
Fundamentalmente se caracterizaba por tener una economía abierta, que daba la bienvenida a la entrada de capitales y descansaba en la expansión de las exportaciones de productos primarios (cereales, carne, lana y cuero) que impulsó un rápido crecimiento económico y era un polo de atracción para los inmigrantes europeos. Para tomar conciencia de su fortaleza económica, en esos años Francia tenía una renta per cápita de 3.452 dólares, Argentina alcanzaba los 3.797 dólares, es decir, un 10% más.
Concluida la Primera Guerra Mundial, comenzaron a surgir los problemas como consecuencia de las trabas al comercio global y la Gran Depresión que se inició en EEUU pero que afectó en mayor o menor medida a todas las naciones. Pero fue entonces que se cometió un error que todavía lo estamos pagando, comenzaron las políticas proteccionistas y la idea de reemplazar las importaciones por productos de manufactura local, en un país que no estaba preparado para ello. En lugar de avanzar y diversificarse, el país ingresó en un nefasto callejón. Se aplicaron aranceles de importación que encarecieron los productos externos, lo que dio lugar a una industria de baja productividad. El mismo bien adquirido al exterior era mucho más caro si lo producían los propios argentinos. El proteccionismo inspiró a diversos gobiernos y se consolidó definitivamente con el peronismo.
Acompañando la caída de la economía, también se produjo una notable caída institucional, el golpe militar de 1930 fue seguido por otros en 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976 y en esa alternancia de gobiernos civiles y militares, el país fue retrocediendo.
Hoy tenemos casi la mitad de la población viviendo en condiciones de pobreza y una sociedad confundida que transita un colectivismo desordenado, sin inversiones, con un comercio sujetado por regulaciones, y parámetros económicos y sociales que nos avergüenzan.
Pero no es hora de bajar los brazos, con gobiernos inteligentes que interpreten correctamente el presente mundial y regresando a las fuentes, como es el proyecto político, económico y social de nuestra histórica Ley Suprema. Acatándola a rajatablas en todo su valioso contenido, Argentina podrá volver a ser el país que algún día fue y que hoy lo soñamos. Pocas décadas fueron necesarias para convertirnos en una gran nación y en pocas décadas podremos recuperar ese esplendoroso pasado. Solo es cuestión de decidirse y elegir bien a nuestros dirigentes.