Durante mis primeros años en la primaria, fui descubriendo la Argentina de mi nacimiento, aquella que aún en la década del cuarenta continuaba siendo oída, respetada y admirada en el concierto de las naciones del planeta. En la escuela pública, elegida por mi padre para mi formación, y también en las instituciones privadas, se aprendía a amar a la Patria, reconocer la autoridad de los maestros, entender que el estudio implica un compensado esfuerzo, que nada se logra sin voluntad; fue la escuela, en armonía con nuestros progenitores, la que nos inculcó los valores básicos que hacen grandes a los individuos y a las naciones. Corrían tiempos donde sentíamos el orgullo profundo de ser argentinos. Un país de inmigrantes, que seguían llegando por millares procedentes de una devastada Europa; de irse, nadie hablaba.
Si bien todos exhibíamos en nuestra piel, sin falsos pudores, la conjunción de razas que conformaron los orígenes de la Nación del Plata; la piel cobriza de algunos revelaba su fuerte ascendencia aborigen mientras las claras dermis y los rubios cabellos de otros, su inocultable predominancia europea. El ruso, el tano, el turco, el gallego, el franchute, eran cariñosos sobrenombres que nunca implicaron discriminación o desprecio, como tampoco los de el “cabudo”, el coya, el indio, el negro, para los morochos. Todos conformábamos una sociedad, si bien cosmopolita, unida en proyectos comunes, y esperanzados en lo que nos anunciaban como un destino de grandeza, sin conflictos religiosos, raciales o políticos.
Argentina era por aquellos años un país de enorme movilidad social y sin duda, con sólida prevalencia de la clase media. Culta, laboriosa, emprendedora, todos aspiraban a pertenecer a ella en sus diferentes niveles. Mientras, el mundo entero se sorprendía de lo que simbolizaba la Argentina, una mosca blanca en el escenario regional, con la más baja tasa de analfabetismo y excelentes parámetros de desarrollo social.
¿Qué nos pasó a los argentinos para que hoy padezcamos la vergüenza de tener un 40 % de pobres? ¿Y entre ellos, la mitad en niveles de indigencia? ¿Que la inseguridad nos aceche, que la educación funcione mal, peor la justicia, y la salud esté mal prestada?. Así como sorprendimos al mundo por nuestro excepcional y formidable progreso, hoy asombramos a todo el planeta por nuestra decadencia. Nadie la entiende.
Pero la declinación actual, sin duda responsabilidad de muchos gobiernos que se han sucedido sin solución de continuidad durante décadas, se ha acelerado extremadamente en estos últimos años, sumergiéndonos en una explosiva situación social. Y esto se viene dando en un contexto mundial extraordinario para nuestras exportaciones, que generaron elevadas tasas de crecimiento. A pesar de los vientos a favor, el avance hacia el abismo continúa sin que nadie ose frenarlo.
Salvo casos aislados, el aluvión de pobreza, ignorancia, atraso, rudeza y barbarie se ha apoderado, tanto del gobierno como de gran parte de la sociedad argentina; hasta la cultura se muestra afectada por esta etapa de oscurantismo.
Los valores se han perdido, y los hechos demuestran que la principal fuerza que nos gobierna es la mentira. Se miente en los despachos oficiales, se miente en las estadísticas, en las promesas; se miente la historia para acomodarla a objetivos ideológicos actuales; se miente en las proyecciones, y también en las intenciones, que se asemejan más a la perversidad que al bien común.
El escenario es penoso, las instituciones cada día son más ignoradas y los acontecimientos, que observamos cotidianamente, nos estarían indicando que hemos regresado a la sarmientina opción de “civilización o barbarie”. Mientras ésta no se transforme en un problema estructural, hay espacio para recuperar la Nación, pero, ¿cuánto costará hacerlo?