El supuesto racismo de los argentinos

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The New York Times, uno de los diarios más importantes de los EEUU, al criticar la desafortunada frase de Alberto Fernández sobre los mexicanos, que salen de los indios y que los brasileños salen de la selva, sostiene que los dichos del presidente llevan a reflexionar sobre “la arraigada negación de las raíces mestizas y afrodescendientes de su gente”. Dice el matutino estadounidense “Pasó otra vez”. “Un líder político argentino hizo un comentario considerado racista al repetir lo que para un sector importante de la sociedad es un mantra: que los argentinos son europeos, a diferencia del resto de América Latina”

El comentarista no debería calificar a los argentinos de racistas, justamente en un país que vivió una gran tragedia para lograr abolir la esclavitud, lo que recién se hizo realidad en 1865 al aprobarse la Decimotercera Enmienda a la Constitución norteamericana, en la que se la abolía oficialmente. Sin embargo, el racismo con diferentes formas, incluida la segregación, se mantuvo vigente hasta la segunda mitad del siglo XX en los estados del Sur. Como resultado de la lucha encarada por el Movimiento por los derechos civiles y del apoyo de los presidentes John F. Kennedy y Lyndon Johnson se firma la Ley de Derechos Civiles de 1964, en la que se prohíbe la aplicación desigual de los requisitos de registro de votantes y la segregación racial en las escuelas, en el lugar de trabajo e instalaciones que sirvan al público en general (“lugares públicos”) y en 1965, la Ley de derecho al voto que prohíbe cualquier tipo de discriminación al voto basándose en la raza o el color de los ciudadanos.

En Brasil recién se la abolió en 1888. A diferencia de estos países, en el nuestro, la Asamblea del año 1813, decretó la libertad de vientres, lo que equivalía a que todos los hijos de esclavos a partir de ese momento nacían libres, y abolió “la mita, encomienda y yanaconazgo”, los sistemas a los que eran sometidos los indígenas. La Constitución definitiva sancionada en 1853, dio por abolida completamente la esclavitud en su artículo 15.

Sin duda que Argentina se nutrió de una gran corriente migratoria europea, que a partir del período de organización llegaba a raudales a nuestras costas. Tan importante fue esa masiva inmigración, que en la década de 1880 llegaban más inmigrantes a Buenos Aires que al puerto de Nueva York.

Esos inmigrantes, italianos, españoles, judíos, árabes, irlandeses…se asentaron en un territorio por entonces despoblado.  La inmigración italiana superó a otras corrientes migratorias, lo que se puede ver hoy en la conformación étnica de nuestra población. Sin embargo, la sangre aborigen y africana, corre por nuestras venas, y aceptando que es en menor proporción a la de otros pueblos de América, nadie abjura de sus raíces originales. Un estudio señala que en un 48 % de argentinos se detectan genes aborígenes[i]. Lo que todos sabemos es que Argentina conforma un amplio crisol de razas y que nunca se discriminó a nadie como en los EE. UU., por su color de piel, por sus creencias religiosas o por sus orígenes.

Domingo Faustino Sarmiento, ese portento intelectual que fue nuestro segundo presidente histórico, en su libro “Conflicto y armonías de las razas en América” comienza abordando el tópico de nuestros orígenes para dilucidar el misterio de la identidad americana y argentina y dice:

“Es acaso ésta la vez primera que vamos a preguntarnos quiénes éramos cuando nos llamaron americanos, y quiénes somos cuando argentinos nos llamamos. ¿Somos europeos? ¡Tantas caras cobrizas nos desmienten! ¿Somos indígenas? Sonrisas de desdén de nuestras blondas damas nos dan acaso la única respuesta. ¿Mixtos? Nadie quiere serlo, y hay millares que ni americanos ni argentinos querrían ser llamados-¿Somos Nación? ¿Nación sin amalgama de materiales acumulados, sin ajuste ni cimiento? ¿argentinos? Hasta dónde y desde cuándo, bueno es darse cuenta de ello.[ii]