Ayer el país celebró el día en que asumió por primera vez un gobierno patrio.
Recordemos los acontecimientos de aquellos días que la historia los registra como la Semana de Mayo. Desde el 18, día de confirmación de la caída de la Junta Suprema Central hasta el 25 de mayo de 1810, jornada en la que se destituye al Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata transitó momentos trascendentales. Al virrey lo reemplazó la Primera Junta de Gobierno, y si bien, esta junta fue el primer gobierno elegido por los criollos y debe reconocerse como el nacimiento del Estado argentino, no se declaró la independencia, hecho que tardó 6 años en producirse, y como bien sabemos, su cuna fue nuestra ciudad, San Miguel de Tucumán, el 9 de julio de 1816. Es que la revolución se hizo en nombre del Rey Fernando VII depuesto en Bayona por los franceses y reemplazado por el hermano de Napoleón, José Bonaparte.
Esta actitud de supuesta lealtad al Rey, es conocida como la «máscara de Fernando VII», pero una mayoría de historiadores están convencidos de que fue solo una maniobra para ocultar las reales intenciones independentistas de los criollos. De hecho, al reasumir Fernando VII el trono de España en 1814, ya no se lo reconoció como Rey.
A los argentinos de hoy no nos resulta tan extraño este camuflaje para ocultar las verdaderas intenciones, cuando el actual presidente resultó nada más que una máscara para encubrir a Cristina de Kirchner, la dueña del auténtico poder.
Asumida la Primera Junta, se despachó una circular en la que se invitaba a todas las regiones del país a reconocer al nuevo gobierno y a elegir diputados. Para Mariano Moreno, los Cabildos expresaban los intereses localistas y eran exponentes del régimen virreinal y, por ende, los diputados electos serían reflejo de los elementos económico-sociales predominantes. Los morenistas deseaban que los diputados fueran elegidos mediante Cabildos abiertos revolucionarios.
La comunicación a las provincias cosechó múltiples rechazos. Se interrogaban ¿Quiénes eran estos porteños, como Moreno, Larrea, Castelli, Matheu, Paso, personajes desconocidos que habían osado deponer al Virrey Cisneros? Córdoba del Tucumán no aceptó a la Primera Junta y organizó la resistencia dirigida por Santiago de Liniers. Las autoridades de Potosí se opusieron a la revolución y organizaron fuerzas que se unieron a los contrarrevolucionarios de Córdoba. El presidente de la Audiencia de Charcas, Vicente Nieto, desconoció a la Primera Junta y decidió anexar el territorio al Virreinato del Perú. La Junta envió a Belgrano al Paraguay para obtener el reconocimiento. Los hacendados se negaron a acatar la autoridad de la Junta, ya que sus miembros no derogaron los impuestos que afectaban los intereses de los sectores comerciales.
Nuestra región denominada por entonces Salta del Tucumán, estaba en crisis económica por el decaimiento de la producción minera potosina, sequías y el retraimiento del comercio debido a las guerras. La élite oscilaba en reconocer al gobierno de Buenos Aires y apoyaba a los realistas, con quienes los ligaban vínculos familiares y económicos. Sin embargo, grupos rurales y urbanos insurgentes entre vieron en la revolución la posibilidad de concretar reivindicaciones sociales, Güemes lideró algunos de ellos. La Junta envió expediciones militares para tratar de repeler el avance realista desde el Alto Perú y asegurar esos territorios.
Claro está que todas estas regiones no conocían detalles de la revolución y desconfiaban de los personajes que la habían producido Era una revolución para los porteños, conducida por porteños y que beneficiaba en primer término a los porteños. En Buenos Aires, se había desarrollado una burguesía comercial que hacía mucho tiempo que estaba esperando la eliminación de las barreras monopólicas impuestas por la metrópoli española, para continuar su expansión bajo el ala del desarrollo industrial británico, y una pequeña burguesía que no se hallaba en una correlación de fuerzas positivas, como para llevar adelante las ideas revolucionarias que tendían a modificar las condiciones de producción del Antiguo Régimen y conformar un Estado nacional.
Hacia fines de ese año de 1810, las diferencias entre los revolucionarios y los conservadores dentro de la Junta se acentuaron. Dos decretos redactados por Moreno acentuaron las desavenencias, en uno, se prohibía ocupar cargos públicos a quienes no hubieran nacido en estas tierras y, en otro, el de Supresión de Honores, se colocaba al presidente de la Junta en igualdad de condiciones que el resto de los integrantes, «sin más diferencia que el orden de los asientos»
En este escenario las desavenencias hicieron crisis, los diputados del interior comenzaban a llegar a Buenos Aires y eran ganados por los opositores a Moreno. Los morenistas perdieron la mayoría, lo que aprovecharon sus enemigos para separarlo de su cargo de secretario.
Moreno finalmente aceptó realizar una misión diplomática en Inglaterra y el 24 de enero de 1811, partió acompañado por su hermano Manuel y su amigo Tomás Guido. En alta mar, el 4 de marzo de 1811, lo sorprendió la muerte. Semanas después llegó la noticia a Buenos Aires y comenzó a rumorearse que había sido envenenado.
Los argentinos de hoy somos los herederos de aquellos que dieron el primer grito de libertad, pero también adquirimos los conflictos que desde aquel mismo momento afloraban y que marcaron el rumbo de nuestra historia.