Sáb. Abr 18th, 2026

Los argentinos celebramos a nuestros próceres en el día de su muerte, no en el de su nacimiento, con la excepción de Juan Bautista Alberdi, justificando esta rareza, en que es el momento en que ingresa en la inmortalidad.

Ayer, Diego Armando Maradona, ese prodigio del más popular de los deportes, el fútbol, también ingresó en la inmortalidad. Claro está que Maradona era ya un mito en vida.

La noticia de su muerte, una primicia del diario Clarín, recorrió rápidamente el mundo entero y no solo lloraron su muerte millones de argentinos, sino también, aficionados del mundo entero. En Nápoles, ciudad donde residió y lo vio en su máximo esplendor, anunciaron que el estadio San Paolo, pasaría a llevar su nombre. Todos los diarios deportivos europeos, de América y de todo el planeta, dedicaron sus tapas al acontecimiento y no pocos medios mundiales de interés general le dedicaron notas destacadas al astro futbolístico argentino.

Los que tuvimos la suerte de viajar y recorrer el mundo, constatamos la universalidad de Maradona, decir que éramos “argentinos” y la respuesta inmediata, “Maradona”.

Claro está que el indiscutido fenómeno futbolero, que generosamente brindó tantas alegrías a los argentinos, tenía sus claroscuros como todo ser humano y al ser una figura de relevancia mundial, cada dicho cada palabra, cada gesto, era motivo de alarma y producía marcada irritación en los que no comprendían que continuaba siendo un muchacho sencillo nacido en Villa Fiorito, Lomas de Zamora, en el primer cordón de la zona sur del conurbano bonaerense.

Con su fama, llegaron también los adulones, los que se aprovecharon de él, los que buscaron sacar réditos de su cercanía y también la droga, que lo acompañó el resto de su vida.

Fue amigo de Fidel, de Chávez, de Maduro y de otras figuras polémicas de la política mundial, y sus posturas mostraban las incoherencias propias del que se cree con derecho a hablar sin tomar conciencia de sus limitaciones.

El diario Clarín decía ayer “Quizá su mayor coherencia haya sido la de ser auténtico en sus contradicciones. La de no dejar de ser Maradona ni cuando ni siquiera él podía aguantarse. La de abrir su vida de par en par y en esa caja de sorpresas ir desnudando gran parte de la idiosincrasia argentina. Maradona es los dos espejos: aquel en el que resulta placentero mirarnos y el otro, el que nos avergüenza”

Maradona en el sentir popular fue un Dios, un Dios que les trajo alegrías y nunca pesares. Y a un Dios, no se le exige perfección, se lo acepta sin condicionamientos. El pueblo llora hoy su muerte, y en cierta forma se acrecienta el deseo de regresar a momentos y circunstancias felices. Al paso del tiempo, solo quedaran sus malabarismos con la pelota, no tanto sus jugadas con los seres que lo rodearon. Es que, en la memoria popular, las habilidades perduran más que las debilidades. Especialmente cuando la muerte se hace presente.

El gobierno decretó tres días de duelo nacional y sus restos mortales están siendo velados en la Casa Rosada. Hasta en su muerte, se lo está aprovechando políticamente, bien podría haber sido velado en un estadio de Fútbol, para estar más cerca de los que, en vida, lo amaban e idolatraban, pero un gobierno agobiado por múltiples conflictos, no podía dejar pasar esta oportunidad para acercarse a la gente.  

Diego Armando Maradona descansa en paz.