Dom. Abr 26th, 2026

Quieren desplazar la estatua ecuestre del dos veces presidente Julio Argentino Roca, de su actual emplazamiento en el Centro Cívico de la ciudad de Bariloche, por motivos estrictamente políticos. El intendente de la ciudad rionegrina, Gustavo Gennuso no tomó en cuenta que el sitio fue declarado monumento y lugar histórico.

El ataque a la figura histórica del que consideramos el padre de la Argentina moderna es un reclamo de los que desconocen lo que el prócer tucumano brindó a su país. Falsamente lo mencionan como un genocida, por su Campaña del Desierto, cuando esa campaña fue realmente un acto de posesión de un inmenso territorio semipoblado y que Chile reclamaba como propio, tanto que, en algunos mapas elaborados por la vecina república, toda la Patagonia figuraba como parte de su territorio. De no ser por la expedición de Roca, toda la Patagonia sería chilena.

Deseo analizar la imputación de genocidio atribuida a nuestro comprovinciano y para ello nada mejor que valernos de la calificada voz del Dr. Juan José Cresto.

En general se ignora que la Campaña de Roca fue la tercera organizada con el mismo fin.  La primera en tiempos virreinales abortó. La segunda encabezada por Juan Manuel de Rosas, avanzó hasta el valle de río Negro y tomó posiciones en Choele-Choel entre 1833 y 1834, sometiendo a los aborígenes de la pampa, tehuelches, salineros y ranqueles. La campaña tuvo diversos propósitos, además de la finalidad enunciada, era prioritario terminar con los malones que asolaban constantemente a las poblaciones interiores, rescatar a los cautivos en poder de los aborígenes, incorporar tierras para la agricultura y la ganadería y efectivizar las soberanías provinciales sobre los territorios incursionados.

La tercera campaña fue la encabezada por el General Roca. Pero vale aclarar que la pampa agreste estaba totalmente desierta, con algunos bolsones de pobladores aislados.

Los pueblos araucanos procedían de Chile e ingresaron al hoy territorio nacional hacia principios del siglo XVIII, según lo refieren numerosos historiadores de ese país. El horror del malón se ha descrito repetidas veces, pero hay que recordar que el indio fue temible cuando aprendió a montar el caballo que trajo el europeo, para robar las vacas que también vinieron con los españoles y venderlas en Chile. También cuando aprendió a usar la cuchilla de hierro, que también obtuvo de la industria del hombre blanco.

Los aduares indígenas estaban llenos de cautivas, mujeres blancas a las que se les hacía un tajo profundo en la planta de los pies para impedirles la fuga. Ellas tenían que soportar la indignación y el odio de las mujeres indias de la tribu.

La Campaña debe adjudicarse al gobierno del presidente Nicolás Avellaneda, quien designó para comandar a su ministro de guerra, el general Julio Argentino Roca, en estricto cumplimiento de la ley del 25 de agosto de 1867, demorada doce años por las dificultades políticas y económicas del país. «La presencia del indio -decía la ley- impide el acceso al inmigrante que quiere trabajar.»

Roca organizó la expedición y a ella se incorporaron no solamente cuerpos militares, sino también periodistas, hombres de ciencia y funcionarios. Acompañaron también enfermeros y auxiliares. Los indios prisioneros y los niños, mujeres y ancianos fueron examinados por sus dolencias, vacunados y muchos de ellos remitidos a diversos hospitales de la muy precaria Buenos Aires de esos días.

La llanura pampeana quedó libre de malones y a los indígenas se les asignaron grandes reservas, si bien es cierto que individuos inescrupulosos les cercenaron posteriormente muchas de sus parcelas con supuestos derechos, actitud reprobable, sin duda, que forma parte de litigios del derecho civil.

Lo que se quiso hacer y efectivamente se hizo fue concluir con los asaltos a pueblos indefensos y poner la tierra fértil a disposición de la población para ser trabajada. En efecto, en menos de 25 años a la Argentina se la llamaba «la canasta de pan del mundo».

Y concluyo con textuales palabras del Dr. Cresto “El pedestal de la gloria de Roca está en sus dos gobiernos y en su orientación política, mucho más que en la ocupación del desierto, pero ésta es un timbre de honor de su biografía. Con el tiempo, a través de personas que no han leído específicamente sobre el tema o que tienen otros intereses, se ha creado una fábula que gente de buena fe la ha creído, porque así se elaboran los mitos que después parecen «verdades reveladas» de valor teológico. Felizmente, cualquier serio investigador de historia, cualquier estudioso del pasado que se documente, se preguntará azorado: ¿qué genocidio?