Mar. Abr 21st, 2026

Cuando nuestros gobernantes actuales no dan el ejemplo republicano, que todos ansiamos nos brinden. Cuando utilizan a la escuela pública como ámbito para adoctrinar a los educandos. Cuando un individuo, Baradel, con sus secuaces, paralizan las aulas a su arbitrio, bien vale rescatar del pasado a nuestros próceres más ilustres, como Sarmiento y aquellos que fueron los padres fundadores de un gran país, con excelentes instituciones y que fueron y continúan siendo paradigmas de nuestra auténtica nacionalidad.

Hoy queremos honrar a Domingo Faustino Sarmiento, de cuya muerte se cumplieron ayer, 11 de septiembre, 134 años. Junto a su figura de educador, vale también enaltecer la labor de todos los maestros de nuestra amada patria que cumplen diariamente con su sagrada misión de educar, al margen de las presiones y carencias que soportan.

Es que no solo los maestros argentinos celebran su día en esta fecha, sino todos los americanos, ya que en 1947, la Conferencia Interamericana de Educación reunida en Panamá, estableció como Día Panamericano del Maestro al 11 de septiembre,  considerando que “ninguna fecha es más oportuna para celebrar el día del maestro que el 11 de septiembre, día en que pasó a la inmortalidad Domingo Faustino Sarmiento”.

A los quince años ya Domingo Faustino fue maestro rural y con su tío, José de Oro, funda una escuela en San Luis, anticipo de las que en gran número fundaría durante su vida.


Como Presidente de la República, siendo Nicolás Avellaneda su Ministro de Instrucción Pública. Estableció gran número de escuelas primarias, colegios secundarios y centros de estudios superiores o especializados: la Escuela Normal de Paraná, la Academia de Ciencias, el Observatorio Astronómico, el Colegio Militar de la Nación, la Escuela de Náutica, entre otros.  En este período, de solo 6 años, se crearon 800 escuelas públicas; el resultado en cifras, refleja el notable avance en la educación, de 30.000 chicos que se educaban en 1868, pasaron a 100.000 en 1874.

Sarmiento consideraba a la escuela como centro de la democracia y baluarte contra la barbarie. La educación, según su clara óptica, era la medida de la civilización de un pueblo, abría a la conciencia de la participación ciudadana y era la base para el desarrollo de la democracia: “no hay República sino bajo esta condición y la palabra democracia es una burla donde el gobierno…pospone o descuida formar al ciudadano moral e inteligente”.

Infraestructura y Metodología constituían sus prioridades.  Durante su presidencia se impulsó la construcción de edificios destinados específicamente para la enseñanza y se fueron abandonando las viejas casonas familiares, mal acondicionadas como escuelas. El sanjuanino respaldaba el concepto de aulas espaciosas y no gran cantidad de alumnos por curso para evitar “perturbaciones, malestar y distracciones”.

Y para concluir estos breves apuntes, acudo a palabras mucho más calificadas que las mías, las de José Luis Romero, quien, en una conferencia dictada en 1961, decía:

«Situado entre el pasado y el futuro, Sarmiento cobra a mi juicio su verdadera perspectiva. Si de otros puede decirse con certeza que pertenecen solamente al pasado, de Sarmiento no es posible afirmar lo mismo. Algo hay en él que no ha muerto, y acaso pudieran repetirse pensando en él las palabras que repitió sobre Quiroga: «No, no ha muerto. Vive aún. Él vendrá». No se requiere apelar a la vana esperanza de su regreso para descubrir su proximidad y su permanencia, Sarmiento, no tiene necesidad de que se anuncie su retorno porque no ha desaparecido de la vida argentina. Pero no porque obraran en él misteriosas fuerzas, sino por la peculiaridad de su genio, cuyas incitaciones recobran en cada circunstancia actualidad, eficacia y dimensión contemporánea»[i]