Sáb. May 9th, 2026

Y en el final solo hubo luz. Intensa como la necesidad y la rebeldía. Abismal como su voz de soprano. Pero antes todo fue negro; un black power liberador. Y entre la luz y la oscuridad el coro meciéndose alrededor de la cama; las voces y las palmas ocupando el silencio de la residencia enlutecida (Aleyuya: Gloria a Dios); y su madre tendiéndole la mano en las puertas de eso que llaman cielo.

Ella mira el reloj. Cree que ya vivió demasiado. Son 9:50 en su casa de Detroit. Es 16 de agosto de 2018. Y el mundo (sí, el mundo) está apunto de saberlo: Aretha Louis Franklin, la reina del soul, a los 76 años, está muerta.

Y un minuto antes estaba viva. Y antes, en noviembre el año anterior, se presenta por última vez en público. Fue durante el 25 aniversario de la fundación contra el Sida de Elton John. Y el público siente su voz dándole vueltas por las tripas, metiéndosele en el alma, igual que cuando la niña negra de pelo rizado cantaba en el templo bautista de Detroit que lideraba su padre, “La voz del millón de dólares”.

A comienzos de 2017 anuncia su retiro. Sus presentaciones escasas, elegidas. Aún así cancela buena parte de los shows previstos por recomendación médica. En marzo de 2017 evita cantar en Newark y en abril en el Festival de Jazz de Nueva Orleans.

La cirugía es en 2010. Su cuerpo sabe de luchas y resistencias: ahora al cáncer de páncreas. Un cuerpo que nace desde la garganta. Un cuerpo que es una voz, una voz que lleva puede llevar dónde quiera.

En el ocaso, Aretha Franklin sigue siendo una voz “capaz de emocionar a la gente cantando las páginas amarillas”, como dijera el cantante y compositor de gospel James Cleveland.

El 20 de enero de 2009 canta «My Country This of Thee» en el acto en que Brack Obama se convierte en el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos. En la voz de Aretha Franklin los afroamericanos pueden sentir su historia. “Toda ella y en cada sombra: nuestro poder y nuestro dolor, nuestra oscuridad y nuestra luz, nuestra búsqueda de la redención y nuestro respeto, duramente ganado», dice Obama.

Aretha es una estrella, también una diva. Generosa, insolente, viceral. Anda por la vida con la dignidad de estar al lado de su gente, con las miserias que arrastra del “ambiente”. Protagoniza odios con cantantes que imagina como una amenzaban a su reinado musical: Barbara Streisand, Roberta Flack.

También se suma a causas nobles (muchas veces de manera anónima), es impredecible (suspende conciertos por el miedo a volar), escalava de las adicciones (fuma tres cajas de cigarrillos diarios, padece con el alcohol) y sufre crisis de nervios, angustias, depresión

Cuando llega a un estudio de grabación permanece en silencio. Se sienta al piano y canta. “No había que decirle nada. Nos quedábamos mudos, impresionados. Asistíamos a la expresión de una grandeza única e inmortal”, según Jerry Wexler, el productor que la acompaña a la cima.

Del soul al funk, del jazz al rock, del gospel al blues, Aretha tiene un sonido propio. Una vez demasiado suya. A partir de los años 80 ya no reina en soledad, pero a nadie le resulta indiferente.

Paul McCartney y John Lennon escriben para ella “Let it be”. Ella los ignora porque la imagina muy católica. Versiona con singular éxito a Ray Charles, Simon & Garfunkel, Eric Clapton, Otis Redding, Elton John y James Brown, entre tantísimos otros.

Hasta interpreta el clásico “Nessun Dorma”, aria de la ópera “Turandot”, de Giacomo Puccini, en reemplazo de Luciano Pavarotti en la entrega de los Grammy de 1998.

Es 4 de abril de 1968. El líder de los derechos civiles Martin Luther King es asesinado en Memphis. A los funerales asisten unas 300.000 personas. Entre ellas Aretha Franklin, cuya padre era muy amigo de King y compañero de ruta en la Iglesia Bautista y en la lucha contra la segregación racial.

A pedido de la familia del Premio Nobel de la Paz, Aretha canta «Precious Lord, Take My Hand», canción preferida de King. Acompaña a este, junto con su padre, en la Marcha por la Libertad. El 28 de agosto de 1963 unas 250.000 personas se concentran frente al Capitolio para denunciar la discriminación que reina en los Estados Unidos.

Durante la década del 60 Arteha se convierte en la reina del soul. También en una referencia para las mujeres y para los afroamericanos. Discos como “I Never Loved A Man (The Way I Love You)” (1967), “Respect” (1967) y “Lady Soul” (1968) la catapultan a la fama.

La combinación es potente, explosiva: la espiritualidad del gospel, la perversión del blues, lo disrruptivo del soul y la sensualidad del rhythm and blues. Ya nada será lo mismo en la escena musical desde la irrupción de Aretha.