En el firme documento que la iglesia tucumana dio a conocer este fin de semana, se recuerda a Fray Mamerto Esquiú, beatificado el 19 de junio de este año, y ya en espera de su canonización que fue anunciada por el Vaticano.
Mamerto de la Ascensión Esquiú, nació el 11 de mayo de 1826 en la localidad de Piedra Blanca, Provincia de Catamarca, y falleció el 10 de enero de 1883 en el Suncho, en la misma provincia. Desde muy pequeño, comenzó a usar, por disposición de su madre como promesa de su delicado estado de salud, el hábito franciscano que vistió toda su vida.
Ingresó al noviciado del convento franciscano catamarqueño y al cumplir 22 años se ordenó sacerdote, celebrando su primera misa el 15 de mayo de 1849. En la escuela del convento, comenzó a dictar cátedra de filosofía y teología. La educación de los niños fue su pasión, dedicándole todo su entusiasmo y siendo reconocido por sus encendidas homilías. Desde 1850 dictó cátedra de filosofía en el colegio secundario fundado por el gobernador Manuel Navarro. En 1880, fue consagrado Obispo de Córdoba y tomó posesión de su sede episcopal el día 16 de enero del año siguiente. Llevó una vida austera, e hizo todo lo posible para ordenar la administración diocesana, poner nuevamente en acción la pastoral eclesiástica, y hacer sentir a todos ser tratados por un padre; un padre humilde y austero, además, que recorrió casi todas las ciudades y pueblos de la diócesis.
Pero su gran celebridad se la debe al “Sermón de la Constitución”, brillante pieza oratoria que tuvo enorme repercusión en todo el país y que modificó duras posturas políticas. Fue reiteradamente difundido por los medios provinciales y la resistencia que podía haber tenido la Constitución en otras provincias, quedó vencida por la elocuencia de un fraile desconocido de una provincia pequeña. El texto del sermón patriótico fue impreso y difundido en todo el país por decreto del presidente Justo José de Urquiza.
Bien vale recordar los hechos históricos. El convencional constituyente y sacerdote catamarqueño Pedro Centeno, llevaba el mandato expreso de su Provincia de proponer a la Convención la cláusula de que “la Religión Católica Apostólica Romana, como única y verdadera, sea el credo oficial del Estado” Propuesta que fue rechazada, como otras similares, de carácter confesional. Centeno escribió a personalidades de su Catamarca natal solicitandoles que la flamante Constitución, por la cuestión religiosa, no fuera aprobada.
Cuando la legislatura provincial, influenciada por Centeno, se aprestaba a rechazarla, el oportuno «Sermón de la Constitución», pronunciado por Fray Mamerto Esquiú, logró un radical cambio de posición y la nueva Ley Suprema, fue aprobada, no obstante la declarada oposición de la provincia a la libertad de cultos establecida taxativamente en la Carta Magna.
Fray Mamerto Esquiú en su célebre discurso, comenzó recordando a sus coterráneos, la historia de desuniones y de guerras civiles y se felicitó por la sanción de una Constitución que traería nuevamente la paz interior. Pero para que esa paz durara, era necesario que el texto de la Constitución quedara fijo e inmutable por un largo tiempo, que no fuera discutida por cada ciudadano, que no se le hiciera oposición por causas menores, y que el pueblo argentino se sometiera al poder de la ley:
«Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin ley no hay patria, no hay verdadera libertad, existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra…» concluyeron sus palabras, en medio de ensordecedores aplausos.
En el oportuno documento de los obispos tucumanos, se reproduce su discurso. Lamentablemente la Constitución que mantiene oficialmente vigencia con sus reformas, la última en 1994, parece ser letra muerta para nuestros gobernantes, que la utilizan o la ignoran según sus circunstanciales conveniencias. Claro está que documentos como el de los prelados de nuestra provincia y los banderazos que reclaman su plena vigencia, nos hacen alentar genuinas esperanzas.