Tucumán vive un verdadero drama sanitario por el dengue. La enfermedad que se contagia por la picadura del mosquito aedes aegypti, ha alcanzado niveles de alta peligrosidad en nuestra provincia. El mosquito genera temor en todo el mundo ya que es el transmisor del virus zika, dengue y chikungunya, pero en nuestra provincia el temor ha dado paso al terror.

Es tan grave la situación en Tucumán, que la prensa nacional se ocupa de ella. El diario La Nación le dedica una nota de primera página que titula “Tucumán, una provincia asediada por el dengue” e informa que recorrió barrios, centros de salud y hospitales de Tucumán, donde los casos ya superan los 13.000; los médicos dicen que están al límite en la atención; los vecinos reclaman más medidas preventivas.
El diario La Gaceta por su parte afirma que la epidemia de dengue se presentó mucho más agresiva este año que en las últimas epidemias. No sólo por la cantidad de casos, por día se diagnostican en Tucumán 600 contagios de la enfermedad, también lo que sorprende a los médicos es el dolor intenso que manifiestan los pacientes y los cuadros clínicos graves que atienden. De hecho, aún quedan tres meses de riesgo por delante y ya hubo el doble de fallecidos que en 2020.

La gestión pública se dirige principalmente para que la población cuide de no generar lugares donde el mosquito se reproduzca. Se insiste en que cada ciudadano vigile que no haya agua estancada o recipientes de cualquier tipo, en los que el insecto ponga sus larvas.
Recordemos que, en las primeras décadas del siglo pasado, el paludismo o malaria, hacía estragos en Tucumán y en todo el norte argentino. Con gran decisión se instrumentaron acciones para combatirlo. El servicio llamado lucha antipalúdica dirigido por el médico jujeño, Carlos Alberto Alvarado, se distribuía por toda la provincia. Desde muy temprano cada mañana, los agentes recorrían las ciudades y sus alrededores vertiendo petróleo en charcos y lugares donde se podían criar larvas del mosquito, para impedir que esto ocurriera. Los procedimientos que se aplicaban eran los clásicos: limpieza de las riberas de los arroyos y canales, hacer circular las aguas para que no se estancasen y desmalezamiento. En esa época todo el Noroeste Argentino padecía el paludismo como una endemia tan grave que todos los años había 120.000 enfermos nuevos.,

Cuando se estaba en plena tarea, hizo su aparición el DDT, un poderoso insecticida, con el que reemplazaron al petróleo. Merced a la dedetización sistemática y a una acción masiva, el paludismo desapareció del Noroeste argentino en menos de dos años. De 120.000 casos anuales, la estadística bajó a 120. El uno por mil.
El éxito del programa catapultó al Dr. Alvarado al plano nacional e internacional, se hizo cargo de igual misión a nivel nación, luego la Organización Panamericana de la Salud lo designa asesor regional y entre 1959 y 1964 lo nombran jefe del programa de erradicación de la malaria de la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra, Suiza.
Hoy no tenemos al Dr. Alvarado, pero hay muchos más elementos para combatir al mosquito que transmite el dengue. Habrá que ocuparse más de la enfermedad que de las campañas electorales. Es lo que la gente reclama.