En cajas de seguridad, en cuentas en el extranjero, o en efectivo, bajo el colchón o en frascos de cocina, los argentinos atesoran la friolera de 222.807 millones de dólares estadounidenses según el Indec. Parte de éstos están declarados y muchos otros no. Y no se trata de amor por la divisa norteamericana, sino de preservar los ahorros en un activo que resguarda su valor, ya que nuestro país no tiene moneda. El Banco Central emite papeles pintados que solo sirven como medida y medio de pago para las operaciones comerciales inmediatas. Nadie en su sano juicio, utilizaría el peso para atesorar sus riquezas.
Estos casi 223.000 millones representan unos 72.200 millones más que los que había a fines de 2015, y unos 150.000 millones más que en 2006. Lo interesante es que son divisas líquidas, que resolverían muchos de nuestros problemas financieros actuales y serían un poderoso motor para reactivar nuestra economía.
Claro está que sus propietarios no los traerán a un país que ahuyenta a los inversores, a un país que se debate entre socializar la economía, estatizándola, o apoyar a la libre empresa. Además, requiere otras acciones. La más importante es que pueda volver a sacarlos del país. Una trampa sería, facilitar que ingresen y luego impedir sacarlos. Otras acciones podrían ser: disminuir sensiblemente la carga impositiva, hoy estimada como una de las más pesadas del planeta. Recrear un nuevo peso, que cumpla con los atributos de una moneda real. Y aquí vale recordar las funciones del dinero: unidad de cuenta o de cambio; medio de pago; depósito de valor; y patrón de pagos diferidos.
La historia de nuestra moneda o de nuestras monedas estuvo siempre signada por la desconfianza. La primera nació en 1881, como Peso Moneda Nacional, conforme a la Ley 1.130, sancionada el 5 de noviembre de 1881, perseguía el objetivo de unificar el sistema monetario en el país, que hasta ese entonces había sido bastante caótico debido a la variedad de tipos de moneda.
Este peso moneda nacional, tuvo larga vigencia, hasta 1970. Sin embargo, la emisión monetaria sin respaldo, diversas crisis económicas y devaluaciones, obligaron a la creación de un nuevo signo monetario, el Peso Ley 18.188, número de la Ley que lo creo.
En 1983 el Peso Ley 18188 fue sustituido por el Peso Argentino, que tuvo vigencia desde el 1 de junio de ese año hasta el 14 de junio de 1985 cuando fue reemplazado por el Austral. Esta fue la moneda de curso legal hasta el 31 de diciembre de 1991, al entrar en vigencia el Peso Convertible, debido a su paridad con el dólar norteamericano o peso Cavallo. En este largo camino nuestra divisa perdió 13 ceros.
El peso de Domingo Cavallo, es nuestro peso actual, también se va devaluando rápidamente. En el mercado libre de divisas, donde llamamos Blue al dólar, para acceder a solo uno de ellos, debemos desembolsar más de 130 pesos. Al concluir la pandemia y en función del extraordinario nivel de emisión de este año, seguramente será astronómico lo que paguemos por él. A algún funcionario se le ocurrirá cambiar nuevamente el nombre de nuestro signo monetario y los argentinos, no solo no traerán los dólares que atesoran, sino que continuará migrando sus ahorros a esta moneda.
¿A alguien se le ocurre como seducir a los argentinos para que traigan sus dólares ??Zona de los archivos adjuntos