Jue. Feb 22nd, 2024

Bien sabemos que la afición al juego es una debilidad humana que puede llegar a transformarse, en algunos individuos, en una peligrosa adicción, una enfermedad, clasificada como ludopatía que requiere tratamiento profesional.  Y es por esto que el Estado nunca debe impulsarlo, sino prohibirlo taxativamente o controlarlo rigurosamente. Este elemental concepto, reconocido en una gran mayoría de países y también en el nuestro en un pasado no muy lejano, está hoy totalmente olvidado.

La ludopatía se caracteriza por un fracaso crónico y progresivo en resistir los impulsos de jugar apostando dinero. Lógicamente que no todas las personas que juegan desarrollan esta enfermedad, al igual que no todas las personas que beben terminan siendo alcohólicas, pero en nuestro país, cada día son más los adictos al juego y se utilizan todos los medios de comunicación para fomentarlo. Especialmente en la televisión las propuestas de apuestas han proliferado.

Por la capacidad que tiene la televisión de penetrar en nuestros hogares, la publicidad de apuestas debería ser prohibida totalmente en este medio. Están de moda las apuestas deportivas y en un país donde el fútbol es una pasión, existe un buen caldo de cultivo para que estas empresas internacionales proliferen.

En el refranero español existe uno que nos advierte, «el que juega por necesidad pierde por obligación», pretender ganar a través del juego, quizá llevados más por la desesperación y pensando en obtener ganancias fáciles, no nos lleva sino a la ruina. Hay que tener presente que, en todo juego de azar, la banca siempre gana.

En ocasión de aprobarse en la legislatura de la ciudad de Buenos Aires, la ley, que permite a los dueños del Hipódromo de Palermo y de los barcos casino de Puerto Madero participar del negocio de las apuestas por internet, la Iglesia la criticó con dureza por considerar que tendrá “consecuencias nefastas para la sociedad, en especial para los más pobres”

En nuestra provincia, recordamos cuando el empresario del juego, Cristóbal López, intentó convertir el Hipódromo local en un Mega Casino al amparo del gobierno provincial de José Alperovich, que le prestó apoyo. Los estrechos vínculos entre el entonces presidente Kirchner y el empresario López no se disimulaban, simplemente se los invocaba como un justificativo para facilitar el desembarco en nuestra provincia.

Pero la sociedad tucumana se movilizó enfrentándose con el gobierno y a través de concentraciones y concurridas marchas, reclamó que el Mega Casino no se instalara en nuestra provincia. También el entonces arzobispo, Luis Villalba, se sumó a la protesta, emitiendo un comunicado donde señalaba: “cuando el juego de azar supera el límite de un entretenimiento familiar y amical, se convierte en un mal para la sociedad, y más aún cuando es organizado, promovido y explotado económicamente por particulares”.

Ante la firme reacción de los tucumanos, Cristóbal López dejó de lado su ambicioso plan y se resignó a instalar una módica sala de juego. Finalmente abandonó definitivamente la provincia.

La ludopatía es una enfermedad social en constante crecimiento, lamentablemente nuestros gobernantes actúan en sentido inverso a lo que la moral y el sentido común lo indican, en vez de intentar controlarla, la incentivan.