Lun. Abr 15th, 2024

Justamente a una semana exacta de los comicios que coronarán al nuevo presidente de los argentinos, se realizó el debate entre los dos candidatos que competirán en esta compleja y muy disputada segunda vuelta.

Sergio Massa, ministro de economía del régimen kirchnerista y candidato del oficialismo a la presidencia, se enfrentó al retador Javier Milei, un fanático libertario que logró en sus inicios, entusiasmar a los jóvenes con un discurso contra lo que él llama la “casta política” y propuestas muy innovadoras, casi revolucionarias, como dolarizar la moneda y cerrar el Banco Central, pero que ahora se muestra más moderado, con el fin de captar los votos de los ahora independientes.

Grandes expectativas había generado el debate, tanto que logró récords de audiencia televisiva, y no es para menos, porque en estas elecciones no solo se ponen en juego las fórmulas presidenciales, sino, fundamentalmente, dos modelos de país. Uno marcado por la continuidad, el otro inscripto en la propuesta de un cambio muy profundo.

¿Hay un ganador del debate? Sostenemos que en estos encuentros no se trata de ganar o perder. Como decíamos en ocasión del anterior debate presidencial, “En los debates no hay ganadores, salvo la democracia.  De entrada, no más, uno ya los califica según sus ideas políticas más las simpatías o antipatías que le despierta el candidato” y también señalábamos: “cada uno de nosotros saca sus propias conclusiones…, de la misma forma que los periodistas y analistas difieren significativamente en sus percepciones”.

La sensación generalizada es que Massa ocupó el centro del ring y arremetió fuertemente contra el liberal, que solo atinó a defenderse y no contraatacó. A diferencia de su coequiper Victoria Villarruel, quien, en el debate con Agustín Rossi, hizo un detallado listado de los problemas que deja el gobierno kirchnerista, Milei no le respondió con firmeza y tampoco adecuadamente. No aprovechó en puntualizar la profunda crisis económica y social en que está sumida Argentina; tampoco lo atacó en temas como el escándalo de espionaje que involucra a un diputado ultra K y a encumbradas figuras de este gobierno, tampoco se refirió al deplorable juicio político a la Corte, ni mencionó la desvergüenza de Martín Insaurralde.

Era Milei el que debía atacar y exigir respuestas a Massa, pero el libertario aceptó que se invirtieran los roles.

Cuando se habló sobre política Internacional Massa también fue el atacante, recordó las críticas de Milei al Papa, «el argentino más importante de la historia» e insistió con exigirle al libertario que le pida disculpas. Este respondió que ya «lo hizo en privado». El ministro también le espetó declaraciones de apoyo a Margaret Thatcher, la conservadora y ex premier británica en la Guerra de Malvinas. Milei la respaldó como «figura internacional» y Massa la definió como una «enemiga de la Argentina” y destacó la presencia del ex jefe del Ejército Martín Balza, a quien definió como un «héroe de Malvinas». Balza no es una figura querida ni respetada por sus pares, por el contrario, recordemos que fue expulsado del Circulo Militar, por su autocrítica de la represión ilegal del Ejército. “No me voy a hacer problema, también soy socio de River”, dijo un irónico Balza en ese momento.

Milei llamó «delincuente» a Massa, que le pidió que se retracte o se veían en Tribunales. El ministro lo chicaneó ahí con la necesidad de que los funcionarios tengan «equilibrio mental». Milei le preguntó: «¿Vos lo tenés?». Y Massa lo acusó de «no pasar el psicotécnico» cuando hizo una pasantía en el Banco Central. Utilizando un dato proporcionado por algún agente de inteligencia. «Digo, digamos, era un estudiante», esbozó Milei algo descolocado, y a modo de defensa le respondió “Quizás vos tampoco lo hubieras pasado»

Algunos dirán que el indudable ganador del debate fue el ministro, que demostró la cintura propia de un profesional de la política, frente a un amateur. Pero en la cultura argentina solemos sentir más empatía por el débil que por el fuerte. Así que nadie puede valorarlo como una victoria.